Tuesday, 26 August 2008

LA PRIMERA PRESIDENCIA (Parte I)

Las elecciones generales fueron convocadas para el 24 de febrero de 1946. En ellas, Perón participó como candidato del oficialismo. La inesperada y reconfortante prueba de apoyo popular a la obra social de la Revolución de junio contribuyó a clarificar sus propias opciones. Para los cuadros de oficiales el ex vicepresidente representaba la continuidad del proyecto revolucionario y su victoria en las urnas la oportunidad para poner a salvo el prestigio militar.

Lanzada la confrontación electoral, las fuerzas de la oposición no ocultaron tampoco su intención de poner fin a la orientación clerical del régimen militar, agitando la bandera de la enseñanza laica.
En las vísperas de los comicios recomendaban a sus fieles, con escaso entusiasmo, el voto por el candidato del gobierno que había perseguido a los comunistas y establecido la enseñanza religiosa.
Fortalecidos por el 17 de octubre, los dirigentes sindicales tomaron la iniciativa y crearon un partido político propio, el Partido Laborista. El otro componente de la coalición fue la UCR-junta renovadora.
Desde un principio la convivencia se desenvolvió con dificultades. Perón debió extremar su poder de persuasión para la concertación de un pacto de unidad electoral y luego para imponer a Hortensio Quijano, un veterano dirigente radical como su compañero de fórmula.
Las fuerzas de la oposición se nuclearon nuevamente bajo el estandarte de la Unión Democrática. La fórmula presidencial del radicalismo, integrada por osé P. Tamborini y Enrique Mosca.

Dos incidentes marcaron la batalla electoral. El primero fue el decreto firmado por el Presidente Farrel, que establecía un aumento general de salarios, la extensión de las vacaciones pagas, indemnizaciones por despido y se creaba el sueldo anual complementario o aguinaldo. con el argumento de su inconstitucionalidad, los empresarios se negaron a pagarlo. El conflicto se resolvió con el repliegue de los empresarios, optaron por pagar.

El otro incidente fue la intervención intempestiva del ex embajador norteamericano en Buenos Aires, Spruille Braden, en la campaña electoral. Este dio a conocer a pocos días de las comisiones un informe donde denunciaba las antiguas conexiones de los círculos militares con el régimen nazi. Perón aprovecho la oportunidad para contestar con una apelación nacionalista. Denunció al ex embajador como el "inspirador, creador, organizador y jefe verdadero de la Unión Democrática Democrática, acuñando la consigna que recorrió el país ¡Braden o Perón!



En las grandes concentraciones urbanas el electorado obrero se volcó en masa en favor de Perón mientras que la oposición recogió sus votos en las clases medias y altas. El triunfo de Perón no fué abrumador.
Pocos antes de asumir la presidencia, Perón ordenó la disolución de los partidos de la alianza electoral y llamó a la creación de un nuevo partido invocando la necesidad de tener un movimiento cohesionado para gobernar con eficacia y unidad.

Cuando en enero de 1947 los organizadores del nuevo partido se dirigieron a Perón para que aprobara llamarlo Partido Peronista sancionaron explícitamente otro y más decisivo rasgo de la estructura política del movimiento. El personalismo fue una consecuencia casi inevitable de la trayectoria de ese vasto conglomerado político, formado en muy corto tiempo, a partir de fuerzas muy heterogéneas y muy dependientes de quien fuera su inspirador. En estas condiciones Perón llegó a ocupar, naturalmente, la posición intransferible de conductor político y de anunciador e interprete autorizado de las iniciativas e ideas del movimiento que se reconocía en su nombre.

Además del Partido Peronista y la CGT, otro pilar fundamental del régimen eran las fuerzas armadas. Si bien se registró una alta participación de los militares en las principales funciones de gobierno, la institución como tal no fue involucrada. Perón se fijó como objetivo la neutralidad del cuerpo de oficiales y para conseguirlo apeló ante todo a la satisfacción de sus demandas profesionales. Entre 1946 y 1951 fueron los años de la expansión y modernización de las fuerzas Armadas, con un aumento en el presupuesto militar que llevó a la Argentina al primer lugar en el ranking de los gastos en defensa de América Latina.

El nacionalismo, la industrialización y el anticomunismo coincidan con creencias arraigadas en el cuerpo de oficiales.
La iglesia contribuyo asimismo al afianzamiento del nuevo régimen. El decreto que implantaba la enseñanza religiosa en las escuelas emitido en 1944 fue convertido en 1944 fue convertido en ley en 1947.

Con el respaldo de las Fuerzas Armadas y la Iglesia, y la adhesión de una masa popular, el nuevo orden tenía un futuro relativamente seguro. No obstante, Perón se propuso reforzar el régimen mediante mecanismos de control burocráticos y represivos. La primera víctima fue la Corte Suprema, el Congreso inició juicio político a sus miembros. La Universidad pasó por un proceso de depuración semejante tras la expulsión de miles de profesores hostiles; las agrupaciones estudiantiles fueron declaradas fuera de ley.
Los periódicos de la oposición fueron clausurados y comenzó la compra del sistema de radiodifusión nacional.
El nuevo gobierno busco una re-aproximación a los Estados Unidos, que surgía de la guerra como la potencia hegemónica.

A esto le siguió la deportación de un número de espías nazis y la adquisición por el Estado de empresas Alemanas y Japonesas. En 1947 el residente Truman anunció su satisfacción con la conducta Argentina. El premio fue el levantamiento del embargo de armas impuesto por Estados Unidos.





Al final de la guerra, la Argentina se encontró libre de deuda externa, con importantes reservas de divisas, una gran demanda y altos precios para sus exportaciones de alimentos y una industria en crecimiento. Tres fueron los ingredientes del programa implementado en 1946; la expansión del gasto público, otorgando al Estado un papel más central en la producción y en los servicios públicos a través de una política de nacionalización , la distribución mas equitativa del ingreso nacional y un régimen de incentivos que premio las actividades orientadas al mercado interno y desestimuló la producción destinada a los mercados internacionales.

Esta combinación de intervencionismo estatal, justicia social y sustitución de importaciones no fue una experiencia aislada en América Latina de los años cuarenta.
Se promulgo la continuidad de la industrialización liviana, que era más congruente con la distribución del ingreso. Se pretendía asegurarle un sostenido nivel de actividad vía la expansión de la demanda interna. El instrumento escogido para ello fue el aumento de los salarios reales. Este aumento condujo a un rápido incremento del consumo popular que impulsó la producción industrial.

La política económica del peronismo, con sus rasgos distribucionistas y nacionalistas, fue posible gracias a la combinación de un conjunto de circunstancias favorables, que no volverían a repetirse. Las reservas de fondos externos acumulados durante la guerra permitieron afrontar la nacionalización de los ferrocarriles, teléfono, gas, marina mercante y aerolíneas comerciales. La abrupta mejoría en los precio de las exportaciones agrícolas en 1945.

La creación del IAPI, compraba los granos a los productores locales a un precio fijado por las autoridades y vendía en los mercados internacionales a un precio más alto. Fueron conformando la imagen bastante veraz de un Estado rico y generoso.

Continua...



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