LA SEGUNDA PRESIDENCIA

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En 1952, el Congreso convirtió por medio de una ley la doctrina peronista -el justicialismo- en doctrina nacional. La consagración del peronismo como único movimiento nacional eliminó todo vestigio de pluralismo en la vida política. Las otras expresiones fueron relegadas a una existencia casi clandestina, la afiliación al partido oficial pasó a ser requisito para el desempeño de cargos en la administración, las imágenes de Perón y Evita se multiplicaron en los libros de lectura de la escuela primaria y en los sitios más diversos del espacio público.

En el marco de esta Nueva Argentina no había un lugar reconocido para el conflicto y todo debía ser la expresión de la concordia social por fin alcanzada. Sus consecuencias fueron visibles en la producción cultural dirigida a públicos masivos. Más que acallar las manifestaciones disidentes en el terreno cultural, el régimen puso especial cuidado en que fueran políticamente inaudibles.
Los militares y las clases medias antiguas compartían el rechazo a la abrumadora presencia de las masas obreras en la vida pública, a la atmósfera de forzado conformismo impuesta por los aparatos de propaganda oficial, al culto de la personalidad. Ese rechazo hizo del antiperonismo una reacción política, pero también social y cultural, y sirvió de fermento a la gestación de un movimiento de desobediencia civil.

El radicalismo quedo sumergido en el enfrentamiento que dividía al país en dos bloques antagónicos y excluyentes. El 26 de julio de 1952, murió Evita. Con ella desaparecía quien mejor representaba lo que el movimiento peronista significaba para los sectores populares, pero también cuanto tenía de aborrecible para sus adversarios.

El objetivo era la búsqueda de un mejoramiento de las relaciones con los Estados Unidos.
Este objetivo era parte de las nuevas prioridades del programa económico, obtener capitales y contar con asistencia técnica a los efectos de impulsar la modernización industrial.
La reorientación de la agenda económica de Perón y sus corolarios en la relación con los Estados Unidos tenían como telón de fondo el fin de la bonanza del comercio exterior que lo acompañara al instalarse en el poder.

En estas circunstancias donde las exportaciones se colocaron un 12% por debajo de las de 1948, el gobierno hizo dos apuestas para contornear la desfavorable coyuntura. Primero, especuló con el estallido de una tercera guerra mundial, que sostuviera en alza la demanda de los productos del campo argentino. Pero la guerra de corea de 1950 quedo confinada al Extremo Oriente.
La segunda apuesta fue participar en el plan Marshall para la reconstrucción de Europa puesto en marcha en 1947. Tampoco aquí tuvo mejor suerte porque el gobierno norteamericano le adjudicó al país una cuota mínima en al abastecimiento.
En este marco estalló la crisis del sector externo, que se traslado a la industria por la dificultad para importar maquinarias e impulsó un crecimiento de la inflación.




El gobierno decidió una nueva estrategia económica, que involucró la revisión de sus prioridades. A partir de ese momento se privilegió la estabilidad por sobre la expansión, la agricultura por sobre la industria, la iniciativa privada y el capital extranjero por sobre el crecimiento del sector público.

La lucha contra la inflación

El llamado a gastar menos procuraba aliviar la situación externa y aquietar las presiones inflacionarias.
Después de años de ser perjudicados por la política del IAPI, los productores rurales comenzaron a recibir precios más favorables, mayores incluso que los que tenía su producción en el mercado internacional. La inflación se redujo en forma significativa, después de la recesión de 1951-1952 la economía volvió a crecer en 1953-1954.

A fines de 1952 fue dado a conocer el segundo Plan Quinquenal que aportó novedades de mas largo plazo. Ya se hizo referencia a la decisión de devolver al sector rural parte de la rentabilidad perdida, redefiniendo la política de subsidios y precios hasta entonces sesgada en su contra.
La apertura hacia el capital extranjero, junto con la reorientación del IAPI a favor del campo, atrajeron hacia Perón las simpatías del mundo de los negocios.

En su segunda presidencia, Perón no solamente tropezó con la resistencia de ideas y creencias que él mismo contribuyera a arraigar; asimismo entró en colisión con intereses que eran centrales para su sustentación política. En el segundo plan quinquenal el objetivo era producir más para que hubiese más bienes a repartir. Se trataba, de verdad, de eliminar las normas que ponían límites a la autoridad patronal sobre las condiciones de trabajo y de recortar la injerencia de los delegados de personal en la vida interna de las empresas.

La delegación sindical rechazó cada una de las concesiones que en materia de flexibilidad laboral reclamaban los empresarios bajo la presión del estado de movilización obrera puesto de manifiesto en las negociaciones. Como ocurriera en el debate sobre el petroleo*, también ahora optó por acomodarse a las resistencias opuestas por su propio movimiento.


El ejercicio crecientemente absolutista del poder por parte de Perón fue afectando con el tiempo y sin remedio sus relaciones con la Iglesia. Perón suprimió de un plumazo los derechos y privilegios otorgados a la Iglesia. Se eliminó la enseñanza privada, se aprobó una ley de divorcio, se autorizó la reapertura de prostíbulos, se prohibieron las procesiones religiosas.
El 8 de junio, desafiando las ambiciones, se celebró una multitudinaria procesión en la que católicos, radicales, socialistas y comunistas marcharon en el centro de Buenos Aires.
A la protesta civil le siguió el 16 de junio un atentado en gran escala contra la vida de Perón.





*La negociación de un contrato audaz con la Standard Oil de California para explorar y explotar los yacimientos de petróleo del sur del país.

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