Monday, 13 October 2008

Revoluciones Hispánicas - La mutación ideológica

En esta mutación extremadamente rápida desempeñan un papel esencial dos fenómenos: la proliferación de los impresos y, sobre todo, de la prensa y la expansión de las nuevas formas de sociabilidad.

Con ellos nace verdaderamente la "opinión pública" moderna y lo que se puede designar, con
Habermas, como "el espacio público político". Es verdad que ya existía antes un medio social, una red de hombres agrupados en sociedades y tertulias en las que la libre discusión sobre toda clase de temas, entre ellos los políticos, empieza a erigirse en una instancia moral, independiente del Estado, que juzga en nombre de la "Razón" la validez no sólo de las medidas del gobierno, sino también de los principios generales que deben regir la sociedad.


Jürgen Habermas


La divina sorpresa del hundimiento súbito del absolutismo va a permitir a la "república de las letras" constituir un "espacio público político" mediante dos vías diferentes, pero paralelas.

Por una lado está la multiplicación de las formas de sociabilidad moderna, con una libertad de palabra mayor que la que se acostumbraba hasta entonces.

Por otro, la proliferación de impresos y periódicos con fines patrióticos causada por la desaparición de la censura.


Tres periódicos peninsulares han desempeñado un gran papel en la evolución de los espíritus: el Semanario Patriótico, El Espectador Sevillano y El Voto de la Nación Española.
F
ueron éstos los que en la época de la Junta Central desempeñaron el papel de motor en la mutación ideológica de las elites de los dos continentes.

La existencia de estos periódicos y la explosión de una literatura patriótica-política contribuyen a explicar dos fenómenos todavía en parte inexplicados. El primero, la extraordinaria rapidez y coherencia con que las Cortes de Cádiz llevaron a cabo su empresa de destrucción del Antiguo Régimen.

El segundo, la mutación, durante este mismo período, de unas elites americanas que en 1808 aparecen como más tradicionales aún que las peninsulares y, en 1810, casi tan modernas como ellas. La explicación de este fenómenos reside en la difucsión de los periódicos e impresos peninsulares en América y las reimpresiones que de ellos se hicieron allí.




Este interés por lo publicado en la Península proviene ciertamente de su situación como sede del poder central de la Monarquía, pero también de la libertad de palabra y de prensa que existía en ella desde el principio de la crisis, infinitamente mayor que en América, donde todavía seguían aplicándose las prácticas absolutistas de censura de la imprenta.
Por eso la Península fue entonces el motor y el principal centro de difusión de las mutaciones políticas.


La nación es concebida como una asociación voluntaria de individuos iguales.
Se exaltan la libertad individual, los derechos del hombre y del ciudadano, la igualdad de todos ante la ley y se concibe ésta como la expresión de la voluntad general. La nación es soberana y por ello debe elaborar una constitución que será como el pacto fundador de una nueva sociedad.


Se trata aparentemente de hacer, como en la Revolución Francesa, tabla rasa del pasado y de construir de un sólo golpe una sociedad y un gobierno.


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