Friday, 28 November 2008

El ascenso de Rosas al poder - El Hombre Nuevo Americano II

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Convertido en árbitro de la situación desde principios de 1829, Rosas buscó proyectar una imagen pública de estricto apego a la letra de la ley que contrastara con la representación -ampliamente difundida por los publicistas federales- que hacía de los unitarios usurpadores y enemigos del orden legal.



Finalmente la elección de Rosas en Diciembre de 1829 como gobernador dotado de facultades excepcionales, fueron otros tantos peldaños en el ascenso de Rosas al poder.

El régimen rosista nacía de ese modo fuertemente identificado con la defensa de la legalidad. Al menos durante su primer gobierno, acataría el sistema de leyes fundamentales dictadas durante el ministerios de Rivadavia que constituían la "constitución no escrita" de la provincia.

La identidad política que se arrogaba Rosas en esos primeros años era la de un ciudadano modelo, imbuido de virtud cívica, que respetaba escrupulosamente el orden legal.


Rosas buscaría presentar su régimen simultáneamente como el representante de los intereses y de la voluntad general de todos los ciudadanos, y como aquel más específico de intereses parciales, sectoriales. Efectivamente, la propaganda del régimen rosista se esforzaba por resaltar que la elevación de Rosas al gobierno clausuraba, no sólo el período de crisis institucional, sino también la fase activa y movilizadora de la revolución.

Es así como, si a partir de 1829 los seguidores de Rosas no dudaron en llamarlo el "Restaurador de las leyes", su gestión se asemejaba más a una transformación del sistema político porteño rioplatense que a una restauración. Su gestión fue una permanente improvisación, una secuela de soluciones adhoc que buscaban domar al caballo desbocado de la revolución.

Demostraría ser durante todo su gobierno un político pragmático e improvisador, capaz de capear las turbulentas aguas de la revolución como una suerte de surfista (valga el anacronismo) que se coloca sobre la marea de una sociedad extremadamente movilizada y logra perdurar en esa posición.


EL RÉGIMEN ROSISTA: RASGOS GENERALES


Rosas ejercería entre 1829-1832 su poder a través de las instituciones vigentes - no contra ellas- y utilizaría los medios legales a su alcenace para construir desde el gobierno un poder faccioso más poderoso que las identidades facciosas existentes.

El instrumento por excelencia de su política, aquel que le permitiera combinar un desprecio muy marcado por las nomas de convivencia política propias de un sistema consitucional con su declarado apego a las más estricta legalidad, fue el poder que le conferían las "facultades extraordinarias".

Otorgadas por la legislatura en el momento mismo de su elección, ellas sólo debían regir durante un tiempo corto, definido por la propia legislatura. Igual que en la antigua disctadura romana, esos poderes eran tan amplios que suspedían las garantías constitucionales normales.


Rosas haría de la continuidad de aquellos poderes el sine qua non de su permanencia en el gobierno.
A través del ejercicio de aquellas facultades, y apoyando en su control cada vez más estrecho de las fuerzas armadas, Rosas conduciría una política de acoso contra los dos poderes que más amenazaban su plena hegemonía: el partido federal y la legislatura.

El partido unitario queda anulado como fuerza política a partir de la victoria de Rosas.
La facción unitaria ocuparía el lugar de un espejismo, de un enemigo virtual, cuya invocación servía para opacar los verdaderos blancos, de la política rosista.


En el interior de la provincia mientras proseguía el desmantelamiento de la facción unitaria, se libraba dentro de la facción federal una lucha sorda que hacia fines del primer gobierno de Rosas cristalizaría en la división entre federales rosistas y antirrosistas. Imbricada en esa lucha estaba la disputa áspera acerca de la continuidad o no de las facultades extraordinarias.


Una vez, y en medio de serios cuestionamientos de una parte de la legislatura, había accedido a la renovación de las facultades extraordinarias, sin las cuales el Restaurador aducía su imposibilidad de gobernar. La segunda vez, su negativa llevaría a que Rosas rechazara el segundo mandato para que se lo elegía, y a que la Sala de Representantes, por su parte, hiciera recaer la elección en otro hombre, el general Juan Antonio Balcarce, ministro del gobierno de Rosas y considerado por muchos un continuador fiel de la política del Restaurador.


Rosas y sus operadores políticos en la ciudad de Buenos Aires -entre los cuales aparecía en primer plano su mujer, Encarnación Ezcurra- hostilizarían los consecutivos gobiernos no rosistas mientras que aquél se hallaba en la frontera al frente de la "Campaña al desierto" de 1833.



El gobierno de Balcarce, distanciado de Rosas y dominado por la facción contraria del federalismo, caería como consecuencia de la "Revolución de Octubre" de 1833.
Este movimiento arrebataría el control exclusivo de la marcha política de las manos de la elite política que había regido a la provincia desde 1821.
Uno tras otro los gobiernos provisorios caerían. Primero Viamonte, luego Manuel Vicente Maza.

La legislatura, después de haber sido obligada a purgar de sus filas a los federales balcarcistas primero, y luego a los federales meramente tibios ante el ascendente poder rosista, optaría finalmente por ceder a lo inevitable, entregando en marzo de 1835, la Suma del Poder Público al ahora "Héroe de la Campaña al Desierto".

La legislatura firma su propio destino. La única función de la Legislatura sería de ahora en más la de aconsejar al supremo mandatario en la confección de leyes de cuya promulgación no participaba.


En 1835, Rosas accedía por segunda vez a la magistratura luego de haber domado los dos polos de poder que pudieron haber obstaculizado su gestión; el propio partido y la legislatura provincial.
A partir de entonces, Rosas extremaría las tendencias que ya se habían vislumbrado en su primer mandato -represión generalizada y disciplinamiento social- con la intención de someter ese último resorte de la revolución a su dominio total.

La prensa y el teatro, la Iglesia, las escuelas, las reuniones públicas, toda instancia de opinión o de organización serían progresivamente controladas.

Para Rosas, al igual que para Rivadavia, el problema político central residía en cómo lograr la consolidación de un orden estable en un régimen cuya legitimidad derivaba de un acto revolucionario, y cuya práctica formal tendía a renovar periódicamente ese acto originario.


Mientras Rivadavia veía una solución en la difusión progresiva de la ilustración, Rosas defendía la extirpación entera del espíritu de revuelta y de indisciplina.

La república sería realidad únicamente cuando los ciudadanos hubieran aprendido a acatar los mandos naturales, el imperio de las leyes, la voz de la autoridad; y para ello era necesario ante todo someterlos por fuerza a una disciplina que los modelara hasta crear "el hombre nuevo" americano.

Para Rosas al contrario de Rivadavia, los seres humanos eran feroces por naturaleza y sólo podían formar sociedad en tanto fueran reducidos a disciplina. Por la misma razón, aquella disciplina no podía nacer del interior de los individuos, sino que debía ser impuesta de afuera.




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